Blog personal de Alejandro Castroguer

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sábado, 7 de enero de 2017

Poemario en movimiento: "La tortuga roja"


Título: La tortuga roja
Título original: La tortue rouge
Director: Michael Dudok de Wit 

Año: 2016
Duración: 80 min.
Guión: Michael Dudok de Wit, Pascale Ferran
Música: Laurent Perez del Mar


Sinopsis (extraída del Filmaffinity): Historia muda sobre un náufrago en una isla tropical desierta, poblada de tortugas, cangrejos y aves. La película cuenta las grandes etapas de la vida de un ser humano. Debut en el largometraje del animador Michael Dudok de Wit (ganador del Oscar por su cortometraje "Father and Daughter").


 
Esta coproducción de Wild Bunch y Studio Ghibli (sí, los studios Ghibli del señor Miyazaki) obtuvo en 2016 el Premio Especial del Jurado del Festival de Cannes. Puesto que así se menciona en la mayoría de textos que disertan sobre el film, no voy a ser menos (descuida, tampoco voy a desvelar ningún secreto), y diré que prescinde de guión hablado. Los personajes son, sienten, se comportan de tal o cual manera, pero no abren la boca para nada salvo para gritar. 




Quien me puso sobre la pista de esta película (es de justicia nombrarle) fue el poeta jienense Felipe Sérvulo. Fue él quien, en su muro de facebook, dejó escrito lo siguiente sobre ella: "Hace tiempo que una película no me dejaba impactado. Pensaba que tanta belleza en una pantalla ya no era posible viendo por donde van últimamente los derroteros cinematográficos. Si os dijera que me quedé mudo varios minutos después de verla, si os dijera que me quedé obnubilado, pensaréis que exagero. ¿Sentí el "Síndrome de Stendhal" en la oscuridad de una sala? Pero me corroe una duda, ¿llegué a entenderla? Tal vez la belleza no necesitas descifrarla, solo sentirla, pero en esta caso me gustaría tener una explicación." 

La magia no precisa de explicación. ¿O sí? Otra cosa es que lo que suceda en esta isla desierta a la que, tras una tormenta, arriba el náufrago sea en sentido estricto "magia". De primeras la película se antoja el clásico drama de supervivencia. Tanto que hay un instante, cuando el náufrago y la tortuga roja se retan varias veces, en que pensé en Lee Marvin y en Toshiro Mifune, jugando a la guerra en "Infierno en el pacífico". Pero si la cinta de John Boorman se agota, se desgasta en esa lucha fratricida y en las cuestiones que la misma plantea, la de Dudok de Wit va más allá. Aquí el director habla del hombre y de la naturaleza, de su matrimonio, de la necesidad de una alianza que haga posible la perpetuación de una y de otra. Del respeto. De la trascendencia. De cierta transformación espiritual.
  


Hay que ver este film, dejarse seducir por sus versos. Por el esplendor de los colores. Por la aparente sencillez de su guión. Por la hondura de una belleza que en ocasiones duele. Dejarse acunar por el cuchicheo del viento y el bramido de la tormenta, por los ripios de las gaviotas y los suaves acentos dictados por los infatigables cangrejos. Arena que quema, bosques que asfixian, galernas que asustan. Todo cabe dentro de este poemario en movimiento. (Evito entrar en más detalles a fin de desvelar parte del misterio que esconde.)

Cabe subrayar la importancia que en una película que prescinde de la palabra cobra la música. Compuesta por Laurent Perez del Mar resulta la tipografia ideal, la maquetación soñada para tanto verso y tanto cielo, para tanta metáfora y tanta delicadeza. La música respira con el espectador, señala el camino. Pinta de colores las voces de los protagonistas, que permanecen en silencio en todo momento. Versos y pentagramas que hacen de esta película toda una experiencia. 

Anotar la extrañeza, agradable extrañeza, que me produce comprobar que en dos momentos del film suene la música para cuarteto de cuerdas de Leos Janacek. 


En resumen, Wild Bunch y Studio Ghibli apostaron por un proyecto arriesgado, el de Dudok de Wit, y juntos han salido victoriosos del lance. "La tortuga roja" es una obra maravillosa. Igual que un buen poemario o que una buena sinfonía. No te la pierdas, amable visitante de la Casa Deshabitada. Luego no digas que no te lo advirtió el Habitante Incierto.

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