Blog personal de Alejandro Castroguer

En el blog de Alejandro Castroguer podrás estar al tanto de las noticias que generen las novelas "GLENN" (Premio Jaén de Novela 2015), "LA GUERRA DE LA DOBLE MUERTE", "EL ÚLTIMO REFUGIO" y "EL MANANTIAL", y las antologías "Vintage'62: Marilyn y otros monstruos" y "Vintage'63: J.F.K. y otros monstruos" entre otras. Además, es lugar de encuentro para amantes del cine, la literatura, la buena música y las aventuras del Rey Mono.

jueves, 16 de junio de 2016

¿Quién se sentó en la butaca 111? ¿Quién?



¿Quién se sentó en la butaca 111?


Imagínate entrando en el Teatro de los Campos Elíseos, avenida Montaigne, distrito VIII, París; imagínate que es 29 de mayo de 1913 y que nada va a salir como has planeado.

—Me abstendré de describir el escándalo. Se ha hablado bastante de eso —escribirás en tus Crónicas.

Estás a punto de cumplir 31 años y te llamas Igor, Igor Feodorovitch Stravinsky. Hay mucha gente, ajena a todo lo que sucederá. Demasiada autocomplacencia en los buenos vestidos y mejores trajes como para detectar que después de Las Sílfides, coreografía de Fokine, música de Chopin, va estallar esa bomba que has preparado.

Entrás en el hall, saludas a los conocidos que se acercan, intercambias a lo mejor (quién sabe) un "buenas noches" con Manuel de Falla, le estrechas la mano y le prometes hablar al final del concierto.

En la Tribuna de Madrid, escribirá Falla tres años después: Aquella rabia concentrada estalló desde las primeras páginas y fue en crescendo hasta el final de la representación. Entre los defensores de la obra y los detractores se formaron auténticas batallas campales.

Nada va a salir como tienes pensado. Pones un pie en el patio de butacas y te asalta, sonrisa en ristre, un acomodador. Sacas tu invitación.

—Butaca 111 —dice el tipo, como si tú no supieses leer.

Cuarta fila del patio de butacas, butaca 111, ése es el potro de tortura que Diaghilev te ha preparado sin saberlo. Quiere un éxito asegurado y va a conseguir justo lo contrario. Te quitas el gabán, lo dejas en el brazo derecho de la butaca. Te sientas.

—La complejidad de mi partitura —escribirás en tus Crónicas— había exigido un gran número de ensayos que Monteux condujo con el esmero y el cuidado que le son habituales. En cuanto a la ejecución, me es imposible juzgarla, habiendo abandonado la sala desde los primeros compases del preludio, que en seguida provocaron risas y burlas.

Todo empieza así, y el despropósito de Diaghilev de repartir entradas a jóvenes encargados de vitorear tu Consagración en la parte de atrás del patio de butacas, muy cerca de los palcos de postín, aviva el fuego hasta hacerlo incontrolable. A las risas le suceden los aplausos, y a éstos nuevas risas que despiertan los primeros abucheos, y la sangre hierve, y los amigos de Diaghilev redoblan sus aplausos, y tú miras hacia atrás en busca de una explicación. Qué demonios pasa.

—Yo estaba indignado. Estas manifestaciones, primero aisladas, se volvieron de pronto generalizadas, provocando por otro lado algunas contramanifestaciones, y se transformaron en un estrépito insoportable.

Ojalá no estuviese ninguno de tus amigos presente, pero sospechas que hay demasiada gente que ha acudido al reclamo de tu nombre, Igor, Igor Stravinsky. No pudiendo soportar durante más tiempo el bochorno, te levantas, butaca 111, cruzas una mirada con el fondo de la sala, con todos esos ojos que te observan en ese instante, que reconocen tu silueta a contraluz contra el escenario. Estás indignado. Tanto trabajo para eso.

—Durante el resto de la representación me quedé en los bastidores, al lado de Nijinsky, que estaba de pie sobre un silla, gritando como un loco a sus bailarines: ¡16, 17, 18 …¡ Los pobre bailarines no escuchaban nada debido al tumulto de la sala.

Estás al lado de Nijinsky, tratando de que no salte de la silla y aborde el escenario. Lo que faltaba. Echa espuma por la boca y fuego por los ojos. Y de repente la luz toma por asalto el patio de butacas, aunque prosigue la música. Te ajustas las gafas con el dedo índice. No crees lo que estás viendo.

Tan pronto como se enciende la luz se apaga, y luego se enciende de nuevo. Cuando acabe todo, te enterarás de que el parpadeo de los focos ha sido idea de Diaghilev, en un desesperado intento por controlar el jaleo.

—Una noche histórica la de este 29 de mayo de 1913 --murmuras para ti.


Publicado originariamente en el blog 
de La Octava Noche el 21-IV-2008 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada