Blog personal de Alejandro Castroguer

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sábado, 22 de junio de 2013

El libro más inmoral de la literatura

No, perdón, este no es libro del que pretendo hablaros


Obviamente, este subproducto literario no es el objeto de la entrada: para nada voy a hablaros de erotismo pobre y escrito para ser consumido por gente de aburridas existencias y reptiles sueños. Sólo es un guiño, una broma de este habitante incierto, un intento por arrancaros una sonrisa antes de prepararos para el alto voltaje inmoral de la novela de Guillaume Apollinaire.

Este es el libro más inmoral. Porque este no incitará a la masturbación como el de arriba

Título: Las once mil vergas
Título original: Les Onze Mille Verges ou les Amours d'un hospodar
Autor: Guillaume Apollinaire
Año: 1903
Páginas: 156
Editorial: Valdemar


Texto de contraportada: «Más fuerte que el Marqués de Sade», así calificó un crítico célebre Las once mil vergas, libro que Apollinaire publicó con sus iniciales entre 1906 y 1907, con destino a un círculo muy restringido y del que pronto todos los salones mundanos y literarios de París hablaron en voz baja. Las once mil vergas es una obra abundante en escenas conmovedoras que mezclan de forma armoniosa la pederastia, el safismo, la necrofilia, el bestialismo... con los registros literarios del gran autor de los Poemas a Lou. 


Guillaume Apollinaire


Mucho más duro que el más terrible de los libros de terror (no desmerece en salvajismo a Vacas de M.Stokoe), más inmoral que el Marques de Sade, a años luz de los cuentos de Ch.Bukowski o de las novelas de H.Miller, a los que deja a la altura de una película de princesas Disney, esta obra de Apollinaire sobrepasa todos los límites. A veces te ríes a carcajadas con su lectura, otras te horripila. Hay homosexualidad, bisexualidad, perversiones de todos los colores (léase el momento del juego con las heces), palizas, asesinatos, fustigamientos como potenciadores del placer sexual, algún encuentro carnal con un perro... Pero hay tres instantes en que la novela traspasa todas las fronteras imaginables y las que ni siquiera podemos imaginar. Menos mal que son solo tres, y sin embargo en esas ocasiones la utilización del sexo, a veces graciosa, a veces violenta, se hace deleznable, tanto que duele como cuchillada en el riñón. Al llegar a esas escenas (y menos mal que el autor no se recrea en ellas) hace que te plantees no seguir leyendo más (me abstendré de dar detalle alguno: baste decir que es algo de lo que huí en mi El Manantial).

Si crees que eres capaz de soportarlo todo, este es tu desafío. Si eres impresionable, mejor que pases de largo. Este no es un librito erótico para solaz de mujeres entraditas en años y a vueltas de todo, este no es un libro para masturbarse mientras se lee. Ya estáis avisados, comsumidores/as de Cincuenta sombras de Grey: Apollinaire escupirá toda la rabia contra tu alma podrida de buena persona. Es más, este es un libro que, escrito ahora y por un español, no sería editado nunca por ninguna de las editoriales patrias. ¿Por qué? Porque se pasa por el forro de los cojones el pensamiento políticamente correcto.



Os dejo varios fragmentos a modo de delicatessen. Eso sí, he preferido evitar los instantes más espinosos de los que hablaba arriba.

Casi al principio del Capítulo 3º, se puede leer esto: El crimen era espantoso. El lavaplatos de un restaurante había hecho asar el culo de un joven pinche, luego, aún caliente y sangrante, lo había enculado y comido los trozos asados que se desprendían del trasero del efebo.  

A mediados del Capítulo 5º: Entretanto, Cornaboeux había dado vuelta el cadáver de Mariette cuya cara amoratada era horrorosa. Le separó los muslos e hizo entrar dificultosamente su enorme miembro en la abertura sodómica. Entonces dio rienda suelta a su ferocidad natural. Sus manos arrancaron mechón a mechón los rubios cabellos de la muerta. Sus dientes desgarraron la espalda de una blancura polar y la sangre roja que brotó, tenía el aspecto de estar expuesta sobre nieve.
Un instante antes del goce, introdujo su mano en la vulva aún tibia y haciendo entrar completamente su brazo en ella, empezó a tirar de las tripas de la desgraciada doncella. En el momento del goce, ya había sacado dos metros de entrañas y se había rodeado la cintura con ellos como quien se coloca un salvavidas.


Al final del Capítulo 6º: –Soldados, saludad a los que mueren –gritó Mony, y dirigiéndose a Kilyemu–: “He satisfecho tus deseos... ¡En este momento los cerezos florecen en el Japón, los amantes se pierden entre la nieve rosa de los pétalos que se deshojan!”.
Luego, apuntando su revólver, le voló la cabeza y los sesos de la pequeña cortesana saltaron al rostro del oficial, como si ella hubiera querido escupir a su verdugo.



Quien se atreva con él, que se prepare a descender al horror humano sin límites. Pero puede que después de la lectura, ya no seas el mismo. 

8 comentarios:

  1. cuando he visto las 50 sombras he pensado: dios...no puede ser!! jajajajaja ya no quiero ser fan de Alejandrooo!!!

    menos mal que he seguido leyendoooo contra todo pronóstico ;)

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    1. A mi me ocurrió lo mismo. Mereció la pena venir al blog.
      Aunque soy mujer y cincuentona (parece ser que la víctima perfecta para este tipo de...liter...de...superventas) no he leído las cincuenta sombras ni tengo intención de hacerlo.
      El que se cita aquí sí me interesa. Muchas gracias por hacerme saber de su existencia.
      Un saludo.

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    2. Encantado de que encuentres textos interesantes en este humilde blog. Un saludo.

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  2. Cuidado, Emilio, como te dije. Es MUY dura.

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  3. Jadeth, un libro como el de las Cincuenta Sombras jamás entrará en esta Casa.

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  4. Apollinare, nos dejó un libro sobre lo grotesco y terrible que puede ser el ser humano, convinando el placer con el dolor y la obscenidad más vulgar y repugnante, no apto para personas de estómago débil, Las Once Mil Vergas nos reta a seguir leyendo las atrocidades del Principe Vivescou y sus camaradas, un libro magistralmente aterrador y descaradamente atravancado.

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  5. Un libro sin trampa ni cartón, Carlos. Duro como pedernal.

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