Blog personal de Alejandro Castroguer

En el blog de Alejandro Castroguer podrás estar al tanto de las noticias que generen las novelas "GLENN" (Premio Jaén de Novela 2015), "LA GUERRA DE LA DOBLE MUERTE", "EL ÚLTIMO REFUGIO" y "EL MANANTIAL", y las antologías "Vintage'62: Marilyn y otros monstruos" y "Vintage'63: J.F.K. y otros monstruos" entre otras. Además, es lugar de encuentro para amantes del cine, la literatura, la buena música y las aventuras del Rey Mono.

jueves, 20 de diciembre de 2012

No hay mal que por bien no venga, de Ricard Millás

Hoy día 20, os dejo la segunda colaboración. El escritor invitado es Ricard Millás. Quien lea el relato se dará cuenta de la voz tan personal que usa en un género tan manoseado como el zombi. 

Ricard Millàs es blogger, diseñador gráfico, escritor y poeta. Ha trabajado en diversas producciones de animación como la película ‘Chico y Rita’, ‘Nocturna’ o ‘Las tres Mellizas’ entre otros. Escribe para la red de blogs de Yahoo, la revista Vulture, el periódico Yamelosé!, Undrebrain Magazine, Periódico Irreverentes y El Librepensador entre otras plataformas en la red. Ha trabajado como Community Manager para la Editorial Versos y Reversos y ha sido miembro del grupo contracultural ‘Proyectos Multimierda’, formado por artistas de diferentes ámbitos artísticos. Actualmente está escribiendo su primera novela-blog; ‘La carne no está en venta’ y ha publicado el poemario ‘La sombra del felino’.






NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA, Ricard Millás.

Hace menos de tres meses escribías relatos en un blog cuyas estadísticas subían como la espuma en una jarra de medio litro. Recitabas en garitos con demasiado humo, demasiada cerveza, demasiadas piernas sin medias centellando bajo la luz de los fluorescentes. La inspiración se llamaba Kate Upton y se bajaba las medias cada noche, cuando dejabas el plato de carne en lata listo para que tu gato pudiera devorarlo. Tus dedos se convertían en un relámpago y dabas forma a las palabras con algo de DJ Shadow brotando de los altavoces. Te considerabas un poeta, un escritor, una especie de erudito de las palabras que nunca fue a la universidad. Lo aprendiste todo en la calle, bajo el amparo de la luz intermitente de las farolas, en tugurios de dudosa reputación, leyendo a Kerouac, a Vian, a Patti Smith, con un cigarrillo prestado en la boca y los bolsillos repletos de poesía de subterfugio… eras lo que siempre habías deseado. Un poeta en ciernes con los zapatos agujereados y la barba rala. Hasta que publicaste una primera novela que se vendió como un especial de Navidad de Playboy. Y te sentiste un semidiós y te compraste ropa y comenzaste a llamar a todas aquellas chicas que te despreciaron por no conservar un empleo más de dos meses. Y entonces fuiste capaz de sonreír entre las sabanas arrugadas de una aspirante a escritora de novela romántica… hasta que el mundo dio un giro de ciento ochenta grados y los unos comenzaron a comerse a los otros.
En el interior de tu Audi TT negro mate tratas de esquivar la marabunta de muertos que tratan de alcanzarte levantando los brazos y lanzando dentelladas al aire. Hace tres meses que la ciudad se ha convertido en un verdadero caos. Subes el volumen del CD cuando una enfermera con los pechos al aire trata de morderte a través del cristal de la puerta del conductor. Gene Pitney se convierte en tu último refugio. El mundo es ahora una caricatura de lo que estuvo a punto de convertirse. Muchos creyeron que la decadencia de la casta política y el fin de las libertades sociales terminarían en una dictadura financiera donde el que no tuviera tarjeta sanitaria de un hospital privado no podría ni ponerse una tirita sin tener que sacar un par de billetes de la cartera. Ahora todo había cambiado, antes de estallar la primera revolución social del siglo XXI, una curiosa pandemia convirtió a los seres humanos en caníbales desprovistos de raciocinio. Lo único que les impulsaba era el hambre, la carne en estado puro. La sangre era su redención. El hombre, un templo a punto de profanar.
Las prioridades humanas radicaban en su anhelo de seguir con vida. Lo demás, recuerdos de un pasado extremadamente reciente.
Llegas a la avenida Diagonal y te encuentras con un tapón de automóviles abandonados y cuerpos deambulando bajo un sol demasiado benevolente con lo que queda de tu ciudad. En tres meses tan sólo un 16 por ciento de sus habitantes siguen con vida. Repartidos en subterráneos, bunquers improvisados, pisos casi imposibles de acceder y vehículos que tratan de estar en continuo movimiento huyendo de la nueva casta de inesperados habitantes, buscan alimento y seguridad entre el declive del viejo occidente. Los restaurantes de comida rápida se han convertido en un monumento a la antigua civilización. La única carne que se mastica podría ser tu bicep derecho. Buscas con la mirada un hueco para escapar del torrente de muerte danzante que se acerca en procesión hacía tu automóvil; el que te compraste cuando hicieron la octava edición de tu primera novela. Ni Stieg Larsson tuvo tanto éxito. Lo tuyo fue tener la flor en el culo y lo sabes. Das marcha atrás y topas con un enorme jugador de baloncesto con los brazos largos y delgados que cuelgan de su cuerpo como una enorme cascara de plátano corrompido. Decides apretar el acelerador a pesar de notar un pequeño crujido en el ángulo muerto del Audi. Otro rasguño que podría evitar formar parte de la apestosa horda de muertos en vida. Le partes la rodilla al pivot del DKV Joventut de Badalona, metes primera y castigas el gas para salir del pequeño atolladero que se está formando a tu alrededor. Un guardia urbano se sube al capo y te deja la luna delantera perdida de babas y sangre seca. Sus dientes son la única ley que conoce. Su anterior raciocinio se ha diluido en su cerebro como una aspirina efervescente.  Vuelves a poner la palanca del cambio de marchas en la R y pisas con ganas. Esta vez le has roto la cadera al pivot. Se ha oído un crujido como de Bocabits en la boca de un niño con exceso de peso. Vuelves a meter primera con todo el peso de la ley tratando de comprender la pared transparente que os separa. Su cuerpo resbala y cae al suelo. La rueda derecha aplasta la cabeza del uniformado. Metes segunda y enfilas por la calle Marina. En realidad no tienes destino fijo, la idea es encontrar un lugar donde pasar la noche.

La cuesta está bastante despejada. Hay muertos repartidos por las aceras, como si por un momento recordaran por donde hay que caminar. La calzada está prácticamente libre de obstáculos excepto por un camión de mudanzas. En lo alto del remolque una chica te hace señas. Al parecer necesita algo de ayuda. Media docena de infectados estiran los brazos como si la estuvieran idolatrando y en realidad es así. Su alimento es su único dios. Saciar su apetito se convierte el único motivo para seguir arrastrando los pies. Decides que puedes hacer algo por ella y por ti mismo. Llevas demasiado tiempo solo. Avanzas hasta situarte frente a la cabina del vehículo y abres la pequeña trampilla del techo.
-¡Tírate encima del coche ya! ¡Date prisa!
Ves dos piernas dibujadas en el aire caer directamente en el capó del vehículo. Los muertos se aproximan lentamente hacia vosotros. Vuelves a dar marcha atrás para retroceder unos metros. Ella te sonríe desde el cristal. Es realmente guapa aunque va algo sucia y parece muy cansada. Qué más da. Te detienes y le abres la puerta del copiloto.
-¡Muchas gracias! He saltado por el balcón de mi casa y he caído en un el remolque del camión. Menos mal que vivo en el primer piso.
-Has tenido suerte. Vamos a buscar una zona más tranquila para poder detenernos.
-Yo tenía pensado llegar hasta el refugio de Sagrada Familia.
-¿Hay un refugio allí? No tenía ni idea. Y yo dando vueltas como un gilipollas toda la mañana. He dormido en una ferretería abandonada. Al menos me he traído un recuerdo.
En el asiento trasero descansa una sierra eléctrica de jardín en color amarillo. Una autentica preciosidad para el pequeño propietario de ayer con un diez por ciento de descuento.
Rodáis hasta girar por la calle Córcega. La vía está más o menos libre. El ruido del motor atrae a multitud de muertos. Desde vuestro pequeño bunquer rodante no hay mandíbula que se apodere de vuestra preciada carne.
-¿Cómo te llamas?
-Soy Mónica.
Los ojos de Mónica son un nuevo amanecer a pesar de tener unas ojeras del tamaño de dos soles. Su cara te recuerda a la de Kate Upton pero sin aquella expresión de ‘soy una niña rica y guapa’. Por un momento, crees que te has enamorado. Avanzáis por el asfalto hasta virar a la izquierda. El templo de la Sagrada Familia luce imponente bajo los rayos del mediodía. Estáis de suerte. O al menos es lo que quisieras pensar.
Al cabo de unos metros el cuerpo de la joven se desvanece por completo. La llamas por su nombre pero no te contesta. De repente tienes un mal presentimiento. Detienes el vehículo y buscas debajo de su abrigo. Una mancha de sangre le cubre todo el costado. Esta chica ha sido mordida, por eso saltó del balcón de su casa en un intento de redimirse partiéndose la cabeza contra el bordillo. Pero el camión aparcado delante de la puerta de su bloque de edificios, la salvó. Menuda suerte la suya.
Una decena de cuerpos se acercan al Audi. Antes del holocausto eras un tipo con suerte, que pudo saltar con elegancia en el trampolín del éxito social y conocías montones de chicas con los mismos ojos que Kate Upton. Ahora tendrás algo de suerte si una infectada muere en el asiento del copiloto de lo único que has podido conservar de tu antigua vida.
Pones primera y castigas el acelerador. Las revoluciones surfean por el tablero del cuenta revoluciones como si fuera su última ola. Miras de reojo al regalo que te ha otorgado un dios castigado por su propia prepotencia. Consigues detenerte en el carril bus y coges la sierra eléctrica. La enchufas a la toma de electricidad del coche. Pulsas con determinación el botón de arranque  y observas como giran las pequeñas cuchillas como en un carrusel del terror en miniatura. Mónica abre los ojos. Los tiene completamente en blanco. Su voz es un carraspeo repleto de hambre y furia y algo de desconcierto.  Le hundes la sierra en la cabeza. Salpicas la tapicería llena de envases vacios y un par de ejemplares de tu primer libro, aquel que te otorgó fama y gloria y un holocausto zombi surgido de la más absoluta nada.
Y sonries.
Sonries porque no sabes si has enloquecido o porque Mónica no va poder arrancarte la mano de un mordisco. Su cuerpo yace en el asiento del copiloto. Sin vida. Sin nada que llevarse a la boca. Abres la puerta justo cuando un zombi se lanza en picado contra la puerta del piloto. De una patada expulsas al amasijo de carne y sangre contra la acera. Cierras la puerta y bajas hasta la Sagrada Familia. Al menos sabes que vas a poder comer algo y quizás puedas pasar la noche.
No hay mal que por bien no venga.



3 comentarios:

  1. Hoy he vuelto a leerlo porque desde el día 20 que lo leí me había quedado ese buen regustillo que deja la buena cocina y que te hace repetir plato... ;-)

    ResponderEliminar
  2. La verdad es que sería el prólogo perfecto para arrancar una historia.
    No soy asidua a este género, pero tengo que admitir que, al leer los relatos de Postales desde el fin del mundo, muchos de sus autores habéis conseguido que me pique la curiosidad y quiera leer más.
    Lo que he leído me gusta, consigue engancharte y dejarte con ganas de más. Eso sí, me chirría el final... ¿cómo se fía de que la chica, estando ya infectada, le haya dicho la verdad sobre el refugio? Me ha faltado un poquito de desconfianza.

    Mi enhorabuena al autor ;)

    ResponderEliminar
  3. Recordad que los comentarios ayudan al escritor a mejorar, o a apreciar la valoración del público.

    ResponderEliminar