Blog personal de Alejandro Castroguer

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viernes, 6 de julio de 2012

El grandísimo hijoputa contraataca

Ya os conté el acoso al que estaba siendo sometido cierto señor (todo un caballero, ya bastante mayor) que se sienta en una calle del centro de Málaga. Ni siquiera se puede decir que pida limosna: a lo sumo abre la mano y permanece sentado en su sillita sin dirigir la palabra a nadie.

Ya os conté que cierto agente de policía la había tomado con él. Le quitaron la silla y sus pertenencias. Pero como el señor indigente ha regresado a su sitio, erre que erre, y ha conseguido una nueva silla, el CERDO y sus compañeros que le secundan, amparan, protegen y esconden, han decidido dar una vuelta de tuerca al acoso, y así pasar a la fase de derribo.

Este podría ser el careto de quien la ha tomado con este señor, si no fuera 
porque el cerdo de la reproducción se antoja más humano.

Y el derribo, cómo no, empieza por el empleo de la fuerza física. Según me cuenta este buen hombre, le rodearon lo menos diez policías en plena calle. ¿Para qué tantos? Para evitar a los curiosos y ahuyentar a los testigos. En mitad de círculo quedaron el cerdo y el pobre infeliz. Habéis acertado: le pegó una señora paliza. Es más, aún conserva la marca de sangre en la mejilla derecha. Hoy mismo se la he visto.

Aquí tenéis a sus compañeros: los gallinas. Quienes posibilitan este disparate
al callarse como putas y no denunciar a su compañero por abuso de poder.

Pero el derribo no sería completo sin la sigiente fase: y es que acabaron denunciando al señor por pegar al policía. Sí, señores, hay que joderse. Quien conoce a este hombre sabe que no es nada violento. Es más, con su edad es casi de chiste, de risa, que le pudiese pegar. Indefenso por completo, a merced del cerdo y las gallinas (convertidos ahora en verdaderas hienas carroñeras), fue conducido a la comisaria.

Lo más grave del asunto no es sólo la dictadura de los puños y la porra impuesta por el agente agresor, o el silencio cómplice y vergonzante de los demás policías, sino la actuación de unos trileros de la verdad: los médicos que atendieron al supuesto agente agredido y al caballero apaleado.

Aquí tenéis al personal de guardia del hospital en cuestión
jugando con la verdad con la habilidad de un trilero.


Porque, canallas entre canallas, los que estaban de guardia falsearon el parte. Bueno, no lo falsearon, porque desde primera hora certificaron unas lesiones menos graves que las que presentaba el señor indigente. Para que, así, su posterior denuncia careciese de fuerza.

Y lo más ridículo del caso es que ahora él (sí, el señor mayor y silencioso) está imputado por agredir a un agente de policía y a la espera de juicio. Y el Fiscal ha llegado a pedir tres años de cárcel para el desdichado caballero. Ver para creer. No os imagináis cómo me duele el estómago de pensar en esta dictadura impuesta por quienes deberían velar por la seguridad de los ciudadanos.

Así son las hienas. Quedaros con sus caras porque a lo mejor 
os pueden atacar cuando menos os lo esperéis. 


Lamentable que esto suceda en una democracia, o supuesta democracia. Y que esta pandilla de gallinas, con el cerdo a su cabeza, se vayan a salir con la suya. Vomitaría sobre el cadaver de este sujeto que se cree que vive en el Oeste y defecaría sobre las gallinas. 

Para que luego digáis que no lo leisteis en la Casa Deshabitada.


2 comentarios:

  1. Me parece vergonzoso este tipo de comportamiento. Aunque ya es más que conocido este tipo de práctica, me repugna que se siga usando, como tú bien dices, por los que se suponen que deben de velar por los ciudadanos ¿Tú no podrías denunciarlo, Alejandro?

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  2. No puedo, Rubén, porque no he sido testigo de los hechos. Si acaso me he convertido en cronista de este abuso.

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