Blog personal de Alejandro Castroguer

En el blog de Alejandro Castroguer podrás estar al tanto de las noticias que generen las novelas "GLENN" (Premio Jaén de Novela 2015), "LA GUERRA DE LA DOBLE MUERTE", "EL ÚLTIMO REFUGIO" y "EL MANANTIAL", y las antologías "Vintage'62: Marilyn y otros monstruos" y "Vintage'63: J.F.K. y otros monstruos" entre otras. Además, es lugar de encuentro para amantes del cine, la literatura, la buena música y las aventuras del Rey Mono.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Escena Eliminada Uno


Vista desde arriba la fiesta es un mar de cabezas que se arremolinan siguiendo el caprichoso juego de las conversaciones. Se ha cambiado la formalidad de la cena, los cubiertos a cada lado del plato y las servilletas llenando las panzas de las copas por la frivolidad de los cubatas, la música de moda y las conversaciones al oído. Nada fuera de lo normal, nada diferente del resto de cenas de Navidad. El humo de los cigarros sobrevuela las palabras.

Se alquilan amistades a bajo coste, una charla intrascendente, un chascarrillo contra el jefe o una alianza fugaz contra el trepa de turno. Tan bajo es el coste que mañana nadie querrá reclamar lo alquilado. La mezquindad correrá de nuevo sobre la moqueta de la oficina.

Como en un banco de peces cuando se detecta la presencia de un depredador, de repente en el mar se abre un claro. Para colmo la música se detiene haciendo más graves los chismes. Rodean a una mujer que, contraria a la exigencia de la etiqueta, viste bata guateada. Con la puntera de su bastón señala un tesoro en mitad del cerco de zapatos. A su alrededor los ojos se desquician y en el interior de las copas se derrite el hielo. Es algo tan imposible que el horror acelera el pulso de los que están más cerca.


Una mano. El bastón trata de darle la vuelta sin conseguirlo.


Se telefonea a la policía. En apenas diez minutos se persona una pareja de nacionales. Todo el mundo está muy sensibilizado por culpa de las recientes noticias llegadas desde Hornachuelos, por la depravación de los ataques, de modo que la aparición de los agentes apacigua los primeros miedos.

Ninguno de los policías consigue hablar con la mujer, sencillamente porque no responde a nada. Tiene la mirada abismada en el suelo. Además la cabellera sobre la cara impide cualquier acercamiento.

A fin de evitar males mayores, el agente más joven le pide con buenas palabras que les acompañe, que la llevarán a su casa. Pero ella se enroca en su silencio. Segundos después basta que levante la cabeza para que salte la voz de alarma y los más cercanos hagan más grande el perímetro.

-Tranquila -aconseja el agente más joven.

-Déjate de miramientos y espósala -gruñe el más veterano.


Todo esto acontece justo antes de que estalle el grito inicial y la alfombra se entinte con las primeras gotas de sangre.

viernes, 26 de marzo de 2010

13.2º Capítulo >> El instinto es un animal imprevisible


Domingo 31 de enero de 2010, 13:30 pm

Calle Temprado, Hospital de la Santa Caridad


La luz macilenta del mediodía incide en el vaho del cristal, haciéndolo fosforescente. De este lado, la penumbra de la habitación, dispuesta a neutralizar el más mínimo destello. A la izquierda, la cama deshecha, la sábana rizada en un mar de olas. En una esquina, la mesa, y sobre ella, un grueso tomo de tapas cuarteadas. Las hojas color tabaco y el olor a biblioteca vieja y a moho hablan de una antigüedad superior a la del propio hospital.

El doctor Hawthorne hace una pequeña pausa con la que liberar la presión de las cervicales. Demasiado esfuerzo y poca recompensa. Para un norteamericano copiar la vieja caligrafía hebrea del S.XVI es una labor tan ardua que es capaz de acabar con su paciencia. Las manos descansan a ambos lados del libro, que permanece abierto en canal por la mitad.

Se incorpora y salva la distancia que le separa del ventanuco, como si al otro lado del cristal pudiese encontrar la clave de lo que está buscando. Con la manga de la chaqueta limpia de vaho el cristal. Pero ahí afuera sólo le espera un cielo que amenaza tormenta y el silencio sonoro de una ciudad desolada.


(Originalmente se publicó completo el capítulo. Ahora sólo es un extracto en espera de la publicación del libro)

martes, 23 de marzo de 2010

13.1º Capítulo >> Una canción

Domingo 31 de enero de 2010, 13:25 del mediodía

Calle Nueva, Mairena del Aljarafe


Dentro del taxi el silencio ha fraguado de tal manera que sólo se percibe el ronroneo del motor, el viento al otro lado de los cristales y las explicaciones no dadas por parte de Judith y las no exigidas por Jonás. Exiliadas las palabras, hablan las miradas a través de la mampara de seguridad, la de ella fija en la carretera y la del muchacho atornillada en el espejo retrovisor, de modo que cada vez que Judith levanta los ojos se encuentra siempre con la misma pregunta.

Es tan espeso el silencio que ella necesita neutralizarlo de alguna manera. Al principio es un torrente de música bullendo dentro de la cabeza, pero sobre las demás se impone una melodía lenta, vagamente melancólica. Algo tira de ella en esa dirección. Junta los labios y descubre que sabe silbar. Un par de intentos y luego el recuerdo, de golpe, porque ella ahora no es dueña de sus labios ni de la necesidad del cerebro por recuperar esas notas.


Al lado de la conductora, Jaime llora en silencio. Está esposado a la puerta para anular cualquier intento de fuga. Apenas tiene diez años. Está muy débil, demasiado flaco, y debajo de los ojos crecen dos ciénagas oscuras. Judith es consciente de que morirá en un par de días si no come nada.

-No te preocupes, Jaime -dice Judith-, conmigo estás a salvo.


El olor a carne viva infecta todo el habitáculo del taxi. Así que ella, a través del control automático del vehículo, decide abrir mínimamente las ventanillas, casi nada, poco más de un dedo. Es mejor así, aunque fuera haga mucho frío. No vaya a ser que sea incapaz de controlar su propio instinto y empeoren las cosas.


(Originalmente se publicó completo el capítulo. Ahora sólo es un extracto en espera de la publicación del libro)

viernes, 19 de marzo de 2010

12.2º Capítulo >> Quién te manda trabajar en esto, Fernando

Domingo 13 de diciembre de 2009, las 21:35 de la noche

Calle Badalotosa, Sevilla.


-Mira esto.

El desgarrón es visible a la altura del riñón. Fernando lo señala con el pincel del maquillaje, volviendo ligeramente la cabeza en un intento por no mirar. El compañero se acerca, observa detenidamente la herida, similar al bocado de un pequeño tiburón. Hay evidentes signos de mordiscos.

-Madre mía -gruñe el aliento a cerveza-, ¿cómo se ha podido hacer esto?

Al principio Fernando ha soportado la visión de la herida, el desconchón sanguinolento, sin inmutarse, pero ahora siente de nuevo el derechazo detrás de la nuca, el golpe de calor y de frío. Se quita las gafas, empañadas, y se retira un par de pasos.

-¿Ya te ha dado otra vez el chungo? Quien te manda trabajar en esto, Fernando.

Está sudando, así necesita sentarse un rato y esperar, paciente, a que pase el efecto de golpe.

-Ahora miro los papeles de entrada del fiambre, en cuanto termine la primera parte del partido.

Rodero regresa a su lugar frente al televisor. La impresión provocada por la herida queda inmediatamente olvidada por los azares del Sporting Sevilla. El equipo andaluz presiona muy cerca de la portería contraria en busca del segundo gol. Pero no hay suerte y se llega al intermedio con el 0 a 1 de antes.

-En Hornachuelos -dice el compañero de regreso a la mesa de trabajo-, se ha llegado a comentar que los detenidos habían mordido a sus vecinos. ¿Recuerdas?


(...)

Fuera truena una nueva tormenta, la enésima que se desploma sobre Sevilla en los últimos días. Tiemblan los cristales y Fernando lo siente dentro de cada hueso. También es muy miedoso con los relámpagos. Como le sucede con la sangre, es algo que no consigue superar.

La voz del compañero llega nítida desde el despacho.

-¡Lo de este invierno es de traca. Por lo visto ya ha llovido casi tanto como todo el año pasado!


(Originalmente se publicó completo el capítulo. Ahora sólo es un extracto en espera de la publicación del libro)


martes, 16 de marzo de 2010

12.1º Capítulo >> Un trabajo demasiado rutinario

Domingo 13 de diciembre de 2009, las 21:05 de la noche

Calle Badalotosa, Sevilla.


El sonido es puro nervio. La tormenta de las guitarras eléctricas escarba con saña el oído y la embestida de la batería golpea el tímpano con la fuerza de un navío sin control, las oleadas de música contra el último farallón de la cordura. No hay dolor, solamente placer extremo, las notas rebotando de aquí para allá en el embarcadero de la cabeza. El óxido de la rutina salta por los aires con semejante demostración de fuerza. Primero se asoma a los labios y luego se desbarranca en busca de las piernas. De inmediato el ritmo contagia al pie, la puntera arriba y abajo. Entonces enferma el cuerpo de éxtasis y la pleamar de las emociones se mece al compás corpulento de Metallica.

La música contagia su fiereza a Fernando, tanto que dentro de ella es un hombre muy diferente al de la vida real, a ese trabajador gris apocado y sin más futuro que unas exangües vacaciones. Inmerso en la canción es alguien capaz de comerse el mundo a dentelladas y atacar cualquier problema con los chillidos de una guitarra eléctrica.

Enter Sandman como elixir de una vida que la rutina le ha arrebatado sin darse cuenta. Y ahora es imposible localizarla, por mucho que se empeñe. Nada más que unas migajas al calor de su pasión por el heavy. Valga el sucedáneo del tema de Metallica como catalizador del minúsculo milagro.


(Originalmente se publicó completo el capítulo. Ahora sólo es un extracto en espera de la publicación del libro)

viernes, 12 de marzo de 2010

11.2 Capítulo >> Escaleras abajo

Lunes 1 de febrero de 2010, las 8:00 de la mañana

Calle San Miguel, Torremolinos.


(Originalmente se publicó completo el capítulo. Ahora sólo es un extracto en espera de la publicación del libro)


(...) Salvador sospecha que no se respetará a nada ni a nadie. Ya ha visto actuar al ejército de los vivos en el frente de Despeñaperros y en los bombardeos de Granada. De modo que es hora de huir. Trata de convencer a los que tiene más cerca, bajar hasta el paseo marítimo es la única salida.

Pero alrededor todo es un hervidero de miedos, como un reguero de pólvora que corre de una esquina a la otra de la plaza, y nadie atiende a razones. Muy cerca, un joven sube al petril de la farola de los ocho candelabros y apunta, con su dedo canceroso, la intersección entre Casablanca y San Miguel.

-Están ahí mismo -gruñe antes de bajar de un salto e iniciar la desbandada.

Las escaleras del Bajondillo conducen directamente al paseo marítimo. Sus cientos de escalones, continuos giros y la angostura de algunos tramos son una trampa para personas con movilidad reducida y para carritos de bebé, por mucho que en el lateral izquierdo los escalones se tumben para simular una rampa. Además, si como sucede esta mañana, la escalera está húmeda por las últimas lluvias, el peligro es doble.


Zombis heridos: 0

Zombis retirados: 72

martes, 9 de marzo de 2010

11.1 Capítulo >> Salvar el pellejo

Domingo 31 de enero de 2010, las 19:30 de la noche

Junto al Palacio de Congresos de Torremolinos


(Originalmente se publicó completo el capítulo. Ahora sólo es un extracto en espera de la publicación del libro)


(...) En pleno centro de Torremolinos, a estas horas, la Plaza de la Nogalera es un océano oscuro, completamente desierto, cuando semanas atrás era el lugar de encuentro preferido por los vecinos de la zona, sentados en una terraza alrededor de una copa o en los bancos que hay frente a la estación subterránea del cercanías. Por aquel entonces era habitual ver docenas de ancianos renegando de sus pensiones y de madres hablando de sus miserias, un ojo atenta al niño, no se vaya a caer.


viernes, 5 de marzo de 2010

10.2º Capítulo >> Tras la puerta

Domingo 31 de enero de 2010, 12:00 de la mañana

Avenida de San Francisco Javier, Sevilla.


Dejo el taxi en mitad de la calle, entre otros vehículos que han sido abandonados a su suerte. Antes de abrir la puerta y saltar fuera perfecciono la representación, cuidando cada detalle. Miro a un lado y a otro, no vaya a ser que tenga un tropiezo con algún indeseable.

Ahora me dirijo a Jonás. Él no lo sabe, pero casi sin querer traiciono mi interpretación buscando sus ojos a través del espejo retrovisor. Porque debería volverme y hablarle cara a cara, cada uno a un lado del cristal de seguridad. Pero no me atrevo y me defiendo detrás del espejo.

-Salgo a hacer una llamada -digo cabeceando en dirección a una cabina telefónica.

Sus ojos me radiografían. Creo que sospecha.

-Sólo será un momento -me apresuro a decir, como si necesitara convencerme a mi misma de la corrección de lo que voy a hacer.

Jonás permanece en silencio, escondido en lo más profundo de su mirada. Así que salgo aprisa huyendo de mi perfidia. La posición de la cabina me confiere ventaja sobre el muchacho, él no me puede ver por culpa de dos contenedores de basura. En cambio yo sí puedo localizar el techo del taxi.

Me tiemblan las piernas. Descanso un segundo detrás de la cabina. Del teléfono, ni rastro. Sólo queda el cordón y al final del mismo un par de cables despeinados. Necesito reunir fuerzas para hacer lo que tengo que hacer.


(Originalmente se publicó completo el capítulo. Ahora sólo es un extracto en espera de la publicación del libro)

martes, 2 de marzo de 2010

10.1º Capítulo >> Judith vuelve sobre sus pasos

Domingo 31 de enero de 2010, 11:30 de la mañana

Puerta de Jerez, Sevilla


(Originalmente se publicó completo el capítulo.)


Es la parada que en Puerta de Jerez, a un paso de la mole del Hotel Alfonso XIII.

-¡Aquí, Judith! -grita Jonás.

Judith sortea un cadáver medio calcinado. La virulencia del fuego dificulta el reconocimiento. En esos terrones oscuros de carne y ropa es prácticamente indistinguible el uniforme de un policía, sino fuera por la porra a un costado y la cartuchera de la pistola al otro. Para su desesperación, el arma ha desaparecido.

El muchacho espera a Judith esgrimiendo una sonrisa de satisfacción. Con un simple golpe de cabeza la invita a mirar dentro del vehículo. Descubre el cadáver del taxista sentado frente al volante volcado sobre el asiento del copiloto. Desde fuera es arriesgado precisar qué ha podido suceder.

Jonás se retira. Judith golpea la ventanilla con el martillo, dos, tres veces, casi sin fuerzas, la muñeca incapaz de imprimir la fuerza necesaria para romperla al primer golpe. Al fin el cristal estalla en mil pedazos. Con la cabeza del martillo repasa todo el marco de la ventanilla, no ha de quedar ni una sola arista de vidrio.

Nada más asomar la cabeza la interpretación es bien sencilla, evidente, el borrón carmesí en el techo, la sien destrozada, una pasta de color salmón y restos de cabellos por todas partes, la mano izquierda laxa junto al costado, el dedo índice enganchado al gatillo. Es un animal negro, metálico, frío.

Rodea el coche y rompe la ventanilla del otro lado. Levanta el seguro y abre la puerta. El dedo está completamente rígido, fundido en el molde del rigor mortis. No quiere, pero ha de hacerlo. Fuerza el dedo girando sobre sí la pistola. Las falanges se retuercen hasta el extremo de lo imposible. Gracias a un último empujón, el chasquido estalla en mitad del silencio de la mañana. De seguida el dedo pierde rigidez y es fácil arrebatársela. Es bueno contar con la pistola, quién sabe cuándo la podrá necesitar. De manera que la guarda en el cinto.

Además el taxi tiene precisamente lo que buscaba, un cristal de seguridad entre los asientos delanteros y los traseros.